La fuga de los cadetes: 126 días contra océano y guerra
- Carlos Marsh
- 28 mar
- 3 Min. de lectura

Durante mi investigación sobre el Herzogin Cecilie, hubo un episodio que, al reconstruirlo, parece más propio de una novela que de un hecho real. Pero ocurrió. Y está documentado.
El punto de quiebre
Los cadetes alemanes, retenidos a bordo del Herzogin Cecilie en Chile desde el inicio de la guerra, llevaban ya casi dos años lejos de su país. Desde la distancia, seguían la guerra a través de la prensa. Sabían de la victoria alemana en la batalla de Coronel. Supieron también del destino del SMS Dresden en Juan Fernández.
La guerra estaba ocurriendo muy cerca de ellos. Pero no podían participar. Vivían en una especie de limbo: testigos de los hechos, pero sin horizonte claro.
Y entonces tomaron una decisión que cambiaría todo: no esperar más.
La intriga
El plan comenzó lejos del mar. Un grupo de 16 jóvenes cadetes —de entre 16 y 20 años— inició una fuga por tierra, desplazándose en secreto en tren desde Coquimbo hasta Osorno, evitando controles y cualquier sospecha. La vigilancia británica sobre los buques alemanes retenidos en Chile era permanente e intensa.
No era una evasión improvisada. Fue una operación cuidadosamente planificada. Contó con el apoyo silencioso de miembros de la colonia alemana en Chile, que facilitaron coordinaciones, encubrimientos y logística.
Sería una operación de fuga del más alto riesgo, en todas sus etapas. El objetivo era claro: llegar al sur profundo y reunirse con otros marinos alemanes que también habían logrado escapar:
4 del SMS Dresden, fugados desde la isla Quiriquina
4 del vapor Göttingen, desde Valparaíso
En total, serían 24 hombres
Habían conseguido, además, algo esencial: una nave para escapar.
La nave En Calbuco encontraron lo que necesitaban. Una antigua barca, deteriorada, pero aún navegable: la Tinto. No era un barco ideal. No era rápido. Ni estaba en condiciones óptimas. Pero flotaba y estaba fondeada en las puertas del Golfo de Ancud, ruta expedita para navegar al sur profundo de Chile.
Y en ese momento, eso era todo lo que importaba.
El zarpe
En plena Primera Guerra Mundial, los mares estaban bajo estrecha vigilancia. El control británico sobre rutas y movimientos era riguroso. La operación de zarpe fue, en sí misma, extraordinaria. Miembros de la colonia alemana simularon un viaje de cabotaje hacia el norte de Chile con la Tinto.
Pero al caer la noche, el barco invirtió rumbo hacia el sur. En paralelo, la verdadera tripulación en fuga se embarcó en una pequeña embarcación chilota de pesca artesanal —invisible para la vigilancia británica.
Días después, lograron encontrarse en una pequeña isla, Mechuque.
Ahí, en silencio, se produjo el traspaso: hombres, agua, provisiones… y el control de la nave.
Al mando quedaba un capitán de solo 29 años: Carl Richardz.

La travesía
La Tinto se internó en el laberinto de canales de la Patagonia chilena. Un territorio de islas, fiordos y rutas invisibles en las cartas náuticas de la época. Avanzaban de noche, se ocultaban de día. Evitaban todo contacto. Pescadores locales —muchos de ellos indígenas— les indicaban pasos seguros, rutas que no existían en ningún carta náutica.
Durante esas primeras semanas, repararon la nave, ajustaron su aparejo y transformaron su apariencia. La Tinto dejó de existir. Ahora era un ballenero noruego. Nuevo nombre: Eva.
Bajo esa identidad cruzaron el canal Beagle, doblaron el Cabo de Hornos y alcanzaron las islas de Los Estados.
Desde ahí, se internaron en el Atlántico. Más de una vez fueron interceptados. Más de una vez inspeccionados. Y más de una vez, lograron engañar a los británicos.
Lo que lograron fue épico:
126 días de navegación a vela
10.700 millas náuticas (19.816 km)
24 hombres a bordo
evitando rutas vigiladas
enfrentando clima extremo, tempestades en el mar austral
con recursos limitados
vigilancia constante en tiempos de guerra
Y, a pesar de todo: cero bajas humanas. Sin disparar un solo tiro. Tras más de cuatro meses en el mar, alcanzaron su objetivo: Trondheim, Noruega. Habían cruzado el mundo a vela, en plena guerra y perseguidos, en una travesía que fue mucho más que una fuga: una demostración extraordinaria de disciplina, navegación real, liderazgo y determinación, y uno de los episodios más audaces —y menos conocidos— de la Primera Guerra Mundial.
Este relato forma parte de una historia mayor que fui reconstruyendo a partir de documentos, registros y, en parte, navegando personalmente algunos de estos canales del sur de Chile.
Una historia donde la realidad supera ampliamente a la ficción.
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